Dover came to Cartagena

Este fin de semana la agenda musical en la Región ha estado marcada por el bolo que Dover ofreció el pasado sábado en la Sala Budokan de Cartagena. La undécima cita de los madrileños Cristina y Amparo Llanos, Jesús Antúnez y su nuevo bajista, Samuel Titos en la gira 2015, presentando su nuevo álbum: Complications. Disco con el que dan fin a una etapa electrónica que cosechó un aluvión de críticas pues, lo que en su origen desprendía el aire grunge de Nirvana se convirtió con Follow the City Lights y el single “Let me out” en un hit al más puro estilo Madonna. Todavía hoy, muchos fans y melómanos musicales nos preguntamos el porqué de aquel giro en su trayectoria.

Veinte años después del salto a la fama, nace el octavo álbum de estudio del grupo con once temas grabados directamente en el local donde ensayan. Un homenaje al sonido de garaje, al más puro grunge de las guitarras eléctricas distorsionadas. El disco, tal y como declaran en una entrevista para Rolling Stone: “Es una vuelta atrás, pero veinte años adelante”. Complications supera el primer examen, pero la auténtica prueba de fuego serán escenarios. Veamos cómo es la acogida del público y si el diablo está de vuelta en Dover, al menos en esta cita.

Cristina Llanos (Dover) en la Sala Budokan, Cartagena

Cristina Llanos (Dover) en la Sala Budokan, Cartagena. Fotografía: VICTORIA FERNÁNDEZ

Llegamos a la Sala Budokan para la apertura de puertas a las 22.30h, una tímida cola aguarda con sus entradas a mano. La media de edad está en torno a los treinta y cinco años. La mayoría acuden al evento en pareja y con prendas oscuras, predominan las botas negras y las chupas de cuero. Desde fuera la sala parece despampanante, sobre la puerta principal una guitarra eléctrica “cola de tiburón” de dos metros nos recibe junto al nombre de la sala. Una vez dentro, son pocos los que se acercan a la primera fila; vamos a por algo de beber.

Al cabo de veinte minutos, con la sala todavía medio llena, se descubre el escenario. Ya hay algunas parejas cogiendo hueco al pie del escenario mientras que escuchamos varias canciones indies, entre las que se cuela “Devil come to me”. De pronto, tenía sobre mí a Cristina colocándose la guitarra, agenciándose el micro y quitándose unas gafas de sol verdes. Los demás ya se habían colocado, en la esquina derecha se encuentra Amparo y al otro extremo Samuel con tres tercios de cerveza; Jesús está detrás a la batería sobre una plataforma. Se miran, nos hacemos al compás con las baquetas y sin mediar palabra se precipitan con el primer tema de la noche (y de la gira) “Rain of the time”. A los cuatro acordes Cristina se disculpa: “Ahora sí vamos” y recomienzan el concierto. Ocurre tan deprisa, que algunos se preguntan si esto era parte de la prueba de sonido.

  • Cristina vuelve a escupir sobre los escenarios

El pequeño descuido no les trunca el arranque y logran un buen aplauso del público. Amparo, completamente vestida de negro, en tirantes –luciendo su tatuaje– con el look de siempre da la bienvenida apelando al: “placer de estar aquí esta noche”. Mientras, el bajista bebe cerveza y Cristina apoya su tacón de aguja sobre el monitor que tiene a sus pies. Ella sí que viste para la ocasión, vaquero ceñido, camiseta a rallas de marinero y chaqueta roja estilo militar. Tras las palabras de Ampi –como la llama su hermana– Jesús, quien diseñó la diabólica portada de Devil Come to Me, da paso a la siguiente canción.

Atendemos a una sucesión de temas del segundo y tercer disco, el público está encantado y el bajista se enfrasca en unos bailes que recuerdan a los pasos epilépticos del mismísimo Ian Curtis (Joy Division). No podemos verle la cara, salvo cuando se aparta su larga melena para poder beber más cerveza y desde el público se escuchan comentarios no muy correctos sobre su pose. Cristina por su parte, gesticula señalando al fondo aunque yo juraría que realmente lo que intenta es hablar con los técnicos de sonido… Por no decir que habla sola.

Con esta puesta en escena y las canciones del comienzo parecía que tenían prácticamente domado al público, incluso Cristina se atrevió a dirigirse a un hombre en particular insinuando que había “soltado algún fluído” durante el último tema. Desde ese momento me dediqué a mirarla fijamente, por si le apetecía decirme algo personalmente. Efectivamente, no volvió a dirigirnos ningún comentario obsceno, salvo algún que otro escupitajo. Con razón la primera fila está tan alejada del escenario.

Too Late, el single de Complications

A continuación sonaron un par de canciones del nuevo disco, salvo por “Too Late” los asistentes no estaban por la labor de escuchar lo nuevo. Era evidente y en uno de las pausas que dedicaron a preguntar al público, se llevaron el golpe más duro. A gritos, con una claridad pasmosa alguien clamó: “LET ME OUT”. Se hizo un silencio fúnebre, las caras de los de Dover –salvo la del bajista, que no podíamos verla– se encrudecieron, aunque la sala sí que reaccionó. Era cuestión de tiempo que se abriera el “cajón de la mierda” y las risas de los allí presentes tensaron el ambiente.

Los de Dover, lejos de achantarse prosiguieron dedicándonos sus temas más heavys. “Esto para los nostálgicos” anunciaba Amparo con timidez. De lo que nos advertía era de los platos fuertes (DJ y Serenade). Por fin el público se deja el tira y afloja, en el ecuador del concierto empezamos a sentirnos parte del espectáculo. A mi lado una mujer le grita a su novio: “¡Esta es la que tienes que grabar!” cuando intuimos los primeros acordes de Serenado. La iluminación, por su sencillez con focos en tonos vivos, rojo y azul combinados con blancos, sin humo ni adornos, aportaron un plus de autenticidad al momento rock.

Las guitarras sonaban bien equilibradas, Amparo es quien maneja la distorsión y marca los riffs más punk. En los momentos de protagonismo se daba la vuelta buscando la mirada de Jesús. Sin embargo, a pesar de la calidad en la interpretación, la acústica de la sala no era favorable y la ecualización de los instrumentos apuntaba a que guitarras y bajo estaban en el mismo registro, pero muy por debajo de una potente batería que en ocasiones se imponía sobre el resto, aunque nunca ocultando la desgarradora voz de Cristina, en perfectas condiciones y tan viva como en las grabaciones de estudio.

Alcanzado el clímax, los de Dover se buscan con la mirada. Jesús y Cristina asienten, es la señal para deleitarnos con lo que fue un solo de batería espectacular. La conquista de los corazones heavys dura unos veinte segundos. Con los últimos golpes de platillo, batería y bajista desaparecen. Es la señal del descanso, Cristina le deja su guitarra a un técnico y se marcha, Amparo va detrás haciendo un barrido a la sala; sonríen y desaparecen. Todavía encendidos por el solo, reclamamos el bis gritando con insistencia. He aquí el momento de todo buen concierto, ese en el que deseas que llegue el final pero que no acabe nunca.

Rock de garaje para los más nostálgicos

Dover remonta lo que antes de tocar “DJ y Serenade” parecía insalvable. Vuelven a escena y se hacen rápido con sus instrumentos, ahora nos contemplan buscando la inspiración. “¡King George!” grita el público. En principio no la tenían prevista en el setlist, en dos de los mejores conciertos de la gira, Zaragoza y Valencia, ni si quiera la tocaron. Amparo intenta convencer a su hermana, y se acerca para echarle un cable con la letra. Cristina se queda sola tocando otra canción. “¿Pero entonces qué estoy tocando?” (Complications), todo queda en un lapsus y se arrancan con King George para un público ahora más entregado.

El final se hace inminente, sin anunciar nada la primera fila se llena de melenudos. Esta vez Amparo, con su guitarra de toda la vida con la pintura del lateral siempre desgastada, nos adelanta el tema. “Esta ya os la sabéis, ¡que ha sonado antes!” –previa concierto–. Jesús golpea sus baquetas y comienza la distorsión de Devil Come to Me, el tema que los catapultó a la fama en 1995. Muerto Kurt Cobain, los chicos de Dover sorprendieron en la escena musical con una banda liderada por mujeres, que además cantan en inglés, no se lavan el pelo y escupen sobre los escenarios. Algo nunca conocido en España. Los melenudos no dejan de saltar, el bajista ya no se encuentra solo. Acaba la canción y el público queda satisfecho tras dos horas juzgando tema tras tema los veinte años de Dover.

Satisfechos, los músicos dejan sus puestos. Cristina se despide rápido, se acerca y firma unos discos pero no se detiene más, coge sus gafas y desaparece junto al bajista, que también se lleva sus botellas de cerveza. Jesús y Amparo sí que se acercan, regalan sus baquetas y púas respectivamente, luego toman las manos de los fans. Amparo y yo nos chocamos con una palma, la expresión de felicidad habla por si sola: prueba superada.

Imagen de perfil de Victoria Fernández Castillo

Victoria Fernández Castillo

Enamorada de la crónica y la entrevista. Por instrumento tengo un teclado: a veces dibuja historias, otras interpreta melodías. Siempre viajo ligera de equipaje.

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