Miguel Ángel Hernández: “Hay modos diferentes de experimentar el amor”

Escritores murcianos

  • El instante de peligro es la nueva novela de Miguel Ángel Hernández, profesor de Historia del Arte Contemporáneo en la Universidad de Murcia
  • «El sentido último del arte es hacer a la gente pensar, hacerla consciente, hacerla libre y hacer que se emocione más allá de cómo nos dominan los medios»

Miguel Ángel Hernández es un escritor nacido en Murcia, autor de El instante de peligro, finalista del premio Herralde 2015. Su anterior novela, Intento de escapada, ya fue publicada por la misma editorial y ha sido traducida a cinco idiomas. En esta ocasión nos presenta a Martín, un profesor desencantado con el mundo del arte que viaja a la universidad estadounidense de la que fue becario. Allí comienza a trabajar en un proyecto un tanto extravagante: componer una historia para unas antiguas películas anónimas en las que solo se percibe una sombra proyectada sobre un muro. En esta obra podemos encontrar una lógica dentro de lo que, en un principio, consideraríamos irracional. Podría definirse como un tratado sobre el amor, sobre un amor diferente, sobre un amor en el tiempo, sobre el tiempo del amor.

Miguel Ángel dice tener un sentimiento de culpabilidad oscilante entre su trabajo como profesor en la Universidad y su trabajo como escritor, ya que se siente culpable cuando escribe novelas porque no es lo que tiene que hacer, y lo mismo siente al escribir ensayos porque no es lo que quiere hacer.

Miguel Ángel Hernández. Foto: anagrama-ed.es

Miguel Ángel Hernández. Foto: anagrama-ed.es

El Periodicum: ¿Qué sintió al ser finalista del premio Herralde?

Miguel Ángel Hernández: Muchísima emoción. Era como una especie de sueño cumplido, porque Anagrama era la editorial con la que yo soñaba publicar, y lo del premio Herralde ni siquiera se me había pasado por la cabeza; entonces fue un sueño sobrevenido sobre otro sueño.

E.P.: El protagonista de El instante de peligro, Martín, no cree que las humanidades sean útiles ya. ¿Usted cree que el arte, la Historia, las humanidades, sirven?

M.Á.H.: Sí, yo ahí soy un poco menos pesimista que Martín, porque sí creo que hay un sentido esencial para las humanidades, para el arte, para la cultura, para la literatura. Creo que el sentido último del arte es hacer a la gente pensar, hacerla consciente, hacerla libre y hacer que se emocione más allá de cómo nos dominan los medios.  Sí que tiene una función, que es crear ciudadanos libres y pensantes, eso por encima de cualquier cosa.

E.P.: ¿Cree que es posible la conjunción “arte y vida” que menciona en Intento de escapada?

M.Á.H.: No sé si es posible; es totalmente deseable. Me parece que esa debe ser la función del arte. De hecho, el arte no es acerca del arte, el arte es acerca de la vida. Todo, en el fondo, es acerca de la vida. Es como el espejo en el que se mira la vida. El arte y la vida son la misma cosa.

E.P.: ¿Qué opina de artistas como Santiago Sierra, cuyos trabajos se reflejan en su anterior obra?

M.Á.H.: Si dediqué un libro a escribir sobre un artista que tiene algo que ver con Santiago Sierra, es porque lo que produce me resulta muy impactante, y nunca tengo una relación totalmente clarificada con su obra. Sé que es muy pertinente para el presente, pero nunca sé si es éticamente aceptable o no. Y eso me parece muy importante en el arte: que no nos podamos posicionar claramente sobre las cosas, porque las cosas que son claras y de las que tenemos una respuesta fija son peligrosas. Las obras de artistas como Santiago Sierra nos dejan inquietos, y esa también es una de las funciones del arte: frente a tanto pensamiento único, crear una forma de pensamiento que no sea fácil de asumir. Luego habría que decir hasta qué punto es lícito o no; para eso he escrito una novela: no tendría una respuesta de sí o no.

E.P.: ¿Cree que la Universidad “ha dejado de ser el lugar de conocimiento para convertirse en espejo de la burocracia”?

M.Á.H.: Un poco sí. Es como dar formato a una cosa que sí, por supuesto, tiene que estar reglada, pero las reglas tienen que ser el medio para un fin y, cada vez más, se convierten en el fin en sí mismo. Al final, el buen profesor no es el que enseña, sino el que cumple la guía docente, y a mí eso me parece una gilipollez absoluta, y eso es lo que va a acabar con la Universidad como lugar de conocimiento, porque va a acabar convirtiendo a los profesores en unos burócratas. Es algo que ya vio Kafka en El proceso y que llega hasta nuestros días: la burocratización absoluta del mundo.

E.P.: ¿Qué opina del “poliamor”, tan presente en su novela?

M.Á.H.: Cuando pones una etiqueta, acabas convirtiendo una cosa en una fórmula y esta acaba siendo vacía. Como fórmula vacía no me interesa nada. Lo que sí me interesa son los modos en los que el amor se experimenta, y comparto con Martín que el modo en que el amor se ha entendido en occidente es uno de los muchos. La relación monógama o la idea de familia son cosas que no son, por decirlo de alguna manera, naturales, como si estuviesen dadas por Dios, sino que son culturales (que sean culturales no quiere decir que no las sintamos). Hay modos diferentes de experimentar el amor. Uno de ellos es la relación de no pertenencia, que, sin embargo, no es tan fácil como aparece en la etiqueta de “poliamor”, sino que es mucho más complejo. Existen las emociones, por ejemplo, los celos: si te pones celoso de un amigo porque sale con más amigos, ¿no te vas a poner celoso de que tu mujer o tu novia se acueste con otro? Por supuesto que sí. La clave está en gestionar esas emociones.

El instante de peligro. Foto: mahernandez.es

El instante de peligro. Foto: mahernandez.es

E.P.: En El instante de peligro y en Intento de escapada hay una frase que se repite: “Nadie se folla a las mentes”. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación o es más de la opinión de Eusebio Poncela en su película Martín (Hache) -también mencionada en el libro-, que cree lo contrario?

M.Á.H.: Parte de la base de esa película y de cómo dice que la inteligencia al final es lo que hace que la gente se enamore, y vincula inteligencia con sexo. El protagonista de la novela piensa que eso no es tan así. Una cosa que está en casi todo lo que he escrito es una especie de relación incómoda con el cuerpo, que el cuerpo es una especie de lastre, para mí y para mis personajes, y eso, en determinados momentos de la vida de una persona, puede ser lo que genera una serie de traumas. De ahí que en los dos personajes (en uno de modo real, en otro con una especie de eco del complejo) acaba apareciendo. Por supuesto, creo que lo físico no es lo más importante, pero en un momento determinado puede llegar a marcar a alguien. Decimos que “no, lo físico no es más importante”, y vivimos una cultura de la dieta, del gimnasio, del culto al cuerpo, donde ¿cómo que no es lo más importante? No debería ser lo más importante, pero es lo más importante. Todo gira en torno a la generación de estereotipos; entonces, frente a eso, nadie se folla a las mentes. Muy poca gente.

E.P.: En sus novelas habla muy explícitamente del sexo. Hay algunos autores que prefieren pasarlo por alto, ¿esto le incomoda?

M.Á.H.: No. Me parece que es una cosa absolutamente natural. Igual que hacemos cualquier otra cosa natural, como las funciones vitales, pues todos follamos, algunos más que otros (risas), pero todos tenemos sexo. El problema es introducirlo en la novela y que sea significativo. Lo que yo intento hacer es que, en los momentos en los que aparece, sean momentos en los que el sexo no solo sea la obtención de placer, también es la obtención de conocimiento. Al final, uno sabe mucho más de la otra persona cuando tiene sexo con ella y no solo por el cuerpo, sino porque somos personas en ese momento. Si no significa, no tiene sentido. Solo somos personas en la medida en que imaginamos cómo nos ve el otro.

E.P.: Un libro que considere imprescindible.

M.Á.H.: Hay muchos autores que me gustan. Me gusta Thomas Bernhard, me fascina Vila-Matas; luego hay otros que a lo mejor no son los grandísimos autores que van a pasar a la historia de la literatura, pero que tienen el libro que te cambia. Cada día pienso que es un libro diferente el que me ha cambiado. Hoy ha tocado… (risas) La invención de la soledad, de Paul Auster. Es el primer libro de prosa que escribió, justo después de la muerte de su padre, y creo que, en cierta manera, para mí la pulsión de la escritura también tiene que ver con la pérdida, con la muerte de mis padres, con las cosas que no he podido conseguir, las cosas que he deseado y he perdido.

E.P.: Una obra de arte que considere imprescindible.

M.Á.H.: Últimamente estoy sin parar de pensar en una obra que en la nueva novela que estoy terminando es muy importante: “Ruido secreto”, de Marcel Duchamp. Él lo que hizo fue decirle a un amigo que pusiese en una bobina de hilo un pequeño objeto, que nunca supo cuál era, y eso se puso entre dos placas de metal, atornillado. Lo mueve y hace un ruido secreto, un ruido de un objeto que se podría abrir en cualquier momento, pero se decide no abrir. Esa obra me parece muy poética, porque es tener la posibilidad de desvelar el secreto en cualquier momento y no hacerlo por decisión: una especie de “preferiría no hacerlo”, porque, al final, si lo desvelas, va a ser cualquier objeto que no tenga ningún sentido. Hay cosas que es mejor no desvelar.

E.P.: “Si alguna vez me preguntasen sobre esto, diría que son cosas distintas y que no tienen nada que ver, que había escrito una novela sobre el arte contemporáneo como podría haberla escrito sobre la invasión de una civilización alienígena. Diría que yo no soy Marcos. Al menos, no ese Marcos”. ¿Quién habla aquí? ¿Usted, Miguel Ángel Hernández, o Marcos, el protagonista de Intento de escapada?

M.Á.H.: Tanto en Intento de escapada como en El instante de peligro, y más aun en lo que estoy escribiendo ahora, juego a los espejos, a bordear los límites entre el personaje, el narrador y el autor, que no son la misma cosa, pero que se tocan mucho. No hay una frontera clara que divide estas cosas. Entonces, ¿quién dice eso? Todos. Somos un todo (risas).

E.P.: ¿Con cuál se siente más identificado: con Marcos o con Martín Torres?

M.Á.H.: Yo creo que en cada momento con uno. Son dos etapas de la vida: una es la juventud y otra es la madurez; una es el momento de fascinación por el mundo y desencanto, porque el mundo no es tal y como soñábamos que era, y otra es el momento de reencanto con ese mundo. Ya no vas a creer que hay magia, pero no vas a creer que nada merece la pena. Me siento identificado con Marcos en una época y ahora un poquito más con Martín.

E.P.: ¿Son trasuntos suyos?

M.Á.H.: Sí, sí. Tienen mucho que ver conmigo. Ahora no me interesa imaginar mundos que no conozco, sino que me interesa ponerle palabras a los mundos que conozco.

 

Miguel Ángel Hernández nos confiesa que ya está terminando su siguiente historia, donde las barreras entre el personaje y el autor se diluyen aún más, coincidiendo «en el 96,5 por ciento» con él.

El escritor murciano, con El instante de peligro, logra que el lector se estremezca. Es una novela que te impregna con su esencia y te conmueve, y es que, “a veces, un instante lo pone todo patas arriba”.

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Miguel Ángel Hernández: “Hay modos diferentes de experimentar el amor” por Mónica Pelluz está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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