Rubén Castillo: “Los integrantes de ETA cobraban un sueldo, no colaboraban gratis et amore”

Literatura en Murcia

  • El escritor murciano Rubén Castillo nos presenta su última novela: Los días humillados
  • Sobre ETA: “Si empezamos a utilizar palabras como libertad o derecho sin añadirles la palabra bomba y tiro en la nuca, damos una imagen distorsionada”

Rubén Castillo es un profesor de Lengua y Literatura de la Región de Murcia y autor de varias obras literarias. Su última novela publicada, que ha visto al luz gracias a la editorial MurciaLibro, ha sido Los días humillados. En este libro, partiendo del secuestro de un empresario vasco por parte de la banda terrorista ETA, el escritor, de manera muy original y desde un punto de vista diferente, ofrece la palabra a los propios secuestradores para que sean ellos “los que expongan sus ideas”. De esta forma, el autor “intentaba que quedaran en evidencia colocando su discurso delante del lector”. Así, afirma el autor: “Las palabras que utilizan se convertirían en dardos contra ellos mismos”.

Rubén Castillo. Foto: cieza.es

El Periodicum: Muchos jóvenes no han vivido la etapa de ETA y no saben exactamente en qué consiste. ¿Podría explicar un poco qué es ETA?

Rubén Castillo: ETA fue una anomalía, porque ya no es habitual encontrar un país donde haya un grupo terrorista que tenga en jaque a los cuerpos de seguridad y a los noticiarios, y eso fue ETA durante muchísimo tiempo. Desayunábamos a diario con la noticia de un atentado: una muerte, una extorsión, un asesinato. Una atrocidad detrás de otra.

E.P.: ETA tuvo apoyos. ¿Cree que hubiera podido tener la trayectoria que tuvo sin apoyo?

R.C.: No, no, no. De ninguna forma. ETA se sustentó (e ideológicamente todavía se sigue sustentando) porque hay un apoyo logístico detrás; hay un pensamiento nacionalista exacerbado, muy radicalizado, y eso posibilitó que un determinado segmento de esa población nacionalista optara por la vía de las armas. Contaron con apoyos institucionales, publicitarios, periodísticos, incluso de partidos políticos y, sobre todo, de una parte de la población vasca, que los veía como una alternativa razonable. Era el mecanismo para presionar al Estado y lograr así sus objetivos. Era atroz observar cuando se preguntaba a gente en el País Vasco que siempre había el que te decía “hombre, si al final se consigue la independencia…”. O cuando mataban a un guardia civil o a un militar, la frase terrible de “algo habrá hecho” ponía los pelos de punta, porque realmente suponía admitir el crimen como un arma política, lo cual es siempre aberrante.

E.P.: En el libro se muestra un secuestro cuyo objetivo es el dinero. ¿El objetivo de ETA era el dinero o solo era el medio para un fin?

R.C.: Ellos siempre argumentaron que era el medio. Extorsionaron a muchos empresarios y tuvieron el cinismo de llamarlo “impuesto revolucionario”. Las empresas recibían cartas con el membrete de ETA como si fuera una organización gubernamental diciendo “como conocemos tu balance de cuentas, exigimos una parte de lo que ganas”. Es un impuesto para la causa del pueblo vasco. No olvidemos una cosa: los asesinos, los integrantes de ETA cobraban un sueldo, no colaboraban gratis et amore, es decir, eran funcionarios del crimen. Y ese dinero tiene que salir de algún sitio: salía de esas extorsiones, de secuestros y de financiación del exterior (de grupos afines al IRA, por ejemplo). Todo eso está muy documentado. ¿Para qué usaban ese dinero? En teoría para comprar armamento y para sustentarse, pero cualquier economista que haya hecho la cuenta se percata de que en realidad en armamento se gastaba un 10 %; el resto son muchísimos millones que nunca se ha aclarado dónde han ido.

E.P.: Normalmente las propias familias apoyaban a los terroristas. Sin embargo, en la obra aparece la figura de un padre que no apoyaba a su hijo etarra. Se ha hablado mucho de las familias de las víctimas, pero ¿qué ocurre con las de los etarras que no los apoyaban?

R.C.: Ahí es donde está la tragedia. A mí lo que me interesaba era mirarlo desde el lado de esa familia que no está de acuerdo. Pueden ser nacionalistas, pero no apoyar el crimen. Y su hijo es un criminal. Su hijo está pegando tiros en la nuca a la gente. Hay que pensar en una madre que imagine a su hijo poniendo un gatillo en la nuca a una persona y volándole la cabeza. Si tu familia te apoya, esto parece un idilio. Pero la fricción es la que me interesaba. El terrorista en el libro está diciendo “bueno, mi familia no ve esto bien, pero si adoptaran MI forma de ver las cosas, sí lo verían”. Claro, pero es que tu forma de ver las cosas no es la correcta o no tiene por qué ser la correcta.

E.P.: ¿Cree que es posible sacarlos de esa ideología?

R.C.: No, no, no. Es que la ideología es una lente deformante siempre. Es decir, cada uno se pone, con el paso de los años, políticamente, ideológicamente, las gafas que quiere. Eliges una visión de la realidad, eliges el sitio donde pones la silla para mirar las cosas. Cuando alguien coloca la silla en el lado de la sangre, en el lado de la violencia, no lo puedes convencer de lo contrario. Es imposible, porque además siempre pensará que tú estás manipulado; y tú piensas que él está manipulado. No hay diálogo entre extremismos.

Portada. Foto: cdn-az.allevents.in

E.P.: ¿Por qué decidió escribir un libro sobre este tema?

R.C.: Fue una decisión que casi no tomé yo. Me recordaba durante años viendo noticias donde se presentaban atentados y escenarios terribles de ETA, y hubo un momento en el que me di cuenta de que ya ni siquiera provocaba horror en los espectadores. Formaba parte de una normalidad extraña. ETA era un tema perpetuo. Cuando el secuestro de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Ángel Blanco probablemente yo, y muchos otros, llegamos al límite de saturación, es decir, a ese punto en el que una gota más hace que el vaso se desborde. A mí aquellos dos hechos tremendos y solapados me desbordaron y sentí que tenía que contar algo relacionado con ese tema. Normalmente soy muy cerebral, pero este fue un tema que me ganó y se escribió solo; se me impuso.

E.P.: El terrorista dice en un momento dado que es una guerra. ¿Lo era?

R.C.: Para ellos sí. Porque necesitaban que fuera una guerra, porque en la guerra puede haber, con muchas comillas, heroísmo, pero en el terrorismo no. Ellos se llamaban a sí mismos gudaris, o sea, héroes, soldados de la Patria Vasca. Se sentían inmersos en una guerra y eran los llamados a convertirse en héroes. Ellos creían que se les iban a hacer estatuas en el País Vasco, que al principio iban a ser señalados como asesinos, pero que al final se reconocería su condición de héroes. Cuando la realidad intentaba mostrarles su error, ellos siempre se escudaban en “esto es una guerra”, pero, ¿qué guerra existe que no sea admitida por la otra parte? La sociedad española no estaba en guerra contra el País Vasco.

E.P.: ¿Qué opina de la libertad de información, también mencionada en la obra?

R.C.: Hubo en el País Vasco un juego muy peligroso y era que había órganos periodísticos etarras: “Egin” era un periódico etarra. Yo creo que imperó el sentido común de dejar que aquellos periódicos siguieran publicándose y que murieran porque no tenían lectores suficientes. Fue una muerte fantástica. Para ellos hubiese sido un elemento más de heroísmo el decir “nos han cerrado el periódico”, “nos han quitado la libertad de información”. El límite entre la libertad de información o la propaganda criminal es tan delgado a veces que es muy difícil distinguir. Yo soy partidario de que, ante la duda, dejemos que sigan hablando. Lo que decía Don Quijote: ladran, luego cabalgamos.

E.P.: ¿Y si hubiera seguido teniendo público hasta la actualidad?

R.C.: Ese público habría mantenido el periódico. Eso a mí nunca me ha parecido mal. Soy un hombre de letras, y por tanto la pluralidad de prensa me parece un logro democrático. Que haya un periódico que me parezca infecto no me autoriza a mí, como demócrata, a cerrarlo. No te gusta: no lo compras. Difunden una información delictiva: se procede por la vía penal. “Egin” se desmoronó. Respondía a un pensamiento de la época que, como todos los pensamientos obtusos y extremistas, o se suavizan o desaparecen. Ellos nunca se suavizaron y desaparecieron.

E.P.: Desapareció “Egin”, pero ETA no.

R.C.: No, no, ETA siguió. Y ETA sigue, está ahí. Lo que ocurre es que hubo muchas actuaciones que fueron debilitándola. Se les cortó la vía económica, la vía política, se les redujo las posibilidades de refugio espacial y se fue ahogando poco a poco. ETA empezó a pedir treguas con más frecuencia. Al final se consiguió que quedara en la lona y ya solo falta el último golpecito y ETA estará derrotada, y en ese momento, si el Estado tiene un poquito de sentido común, dialogará con los elementos radicales vascos sin armas encima de la mesa, porque una democracia consiste en tolerar al otro, en que el otro no tenga que ser como tú. No se trata de que ellos son malos y nosotros buenos. Esos maniqueísmos provocan guerras y provocan muertes.

E.P.: Entonces, a ETA le queda muy poco para ser derrotada. Con lo cual, ¿ETA no ganó?

R.C.: Dejó una semilla. Dejó grupos ideológicos cercanos. Hay fuerzas en el País Vasco muy próximas a ETA pero que ya no son ETA, han perdido esa virulencia criminal. Esa renuncia puede ser suficiente para hablar con ellos. Todavía son muy bravucones y todavía te desafían, pero ya no van matando gente por la calle. Alguien puede decir “bueno, eso es poca cosa”; es un paso.

E.P.: Por tanto, ETA, o lo que queda de ella, está en el poder ahora. Entonces, ¿ha logrado su objetivo?

R.C.: En parte sí. Eso es lo que casi nadie se atreve a decir en los medios de comunicación. Buena parte de lo que querían lo consiguieron. Pero no tienen el poder absoluto, no controlan el parlamente vasco, por ejemplo. Eso lo podían haber conseguido con las urnas desde el año 75; lo consiguieron a base de sangre y de muchas lápidas y el precio que -no ellos- nosotros hemos pagado ha sido altísimo.

E.P.: En el libro aparece la palabra perdón. Como ciudadano, ¿le serviría el perdón de los terroristas?

R.C.: Para mí perdonar es muy fácil porque no me ha tocado. Yo me amparo en gente como Irene Villa, que pierde las piernas en un atentado y que tiene el coraje ético y político de decir “sí, yo perdono”. O la hermana de Miguel Ángel Blanco o Maite Pagazaurtundúa. Si Irene Villa puede perdonar, yo perdonaría.

E.P.: ¿Y qué le parece el tratamiento que se les ha dado a las víctimas? Porque en otros países las víctimas son tratadas como héroes, pero, ¿aquí?

R.C.: Aquí no. Han tenido que surgir, y es abominable, asociaciones de víctimas del terrorismo como si fueran enfermos y tuvieran que agruparse para reclamar derechos o ayuda. La gente afectada por el terrorismo es gente que ha sufrido un mazazo en sus vidas. Lo curioso es que tanto el mundo de ETA como el Estado español, durante bastantes años, coincidieron en un punto: eran daños colaterales. Ese sintagma horroroso para hablar de gente con nombres y apellidos que moría o quedaba dañada. Los familiares han contado que el entorno de ETA los seguía insultando por la calle, pero es que la otra parte no los cuidaba, no había ningún tipo de atención para ellos. Las “víctimas etarras” están en cárceles, perfectamente atendidas, pero la persona que ha perdido a su marido no lo recupera. ¿Para esa pérdida qué hacemos? ¿Cómo establecemos un mecanismo de compensación? No se ha hecho.

E.P.: ¿Qué opina de Ortega Lara?

R.C.: Ortega Lara es una víctima y es un hombre marcado. Yo, honestamente, no sé si podría estar delante de él, creo que me derrumbaría. Una persona que está 500 días metido en un zulo asqueroso. Yo creo que esa persona no se recupera. No sabría cómo comportarme. Tampoco creo que sea un héroe. Fue una víctima. El héroe es otra cosa, es el que da un paso hacia delante; la víctima es el que, cuando sobrevive, tiene que dar un paso hacia dentro. A Ortega Lara le tocó ser víctima. Sobrevivió, a pesar de sus secuestradores, sobrevivió. Y hoy en día no es un héroe, es una víctima, y sobre todo es un símbolo, y con los símbolos es difícil tratar porque casi no sabes qué palabras dirigirles.

E.P.: ¿Tiene miedo? Porque hace años, escribir un libro así podría haber tenido consecuencias.

R.C.: Sí, probablemente sí. Si la pregunta que me hicieras fuera si lo hubiera escrito de vivir en el País Vasco: no lo sé. Yo no creo que una obra literaria, literaria insisto, sea algo por lo que tener miedo. Aunque no descarto que algún extremista me pueda hacer llegar una advertencia. ¿Miedo? No, no creo que sea miedo. En el fondo lo que he hecho ha sido sencillamente contar una historia de algo que pudo haber ocurrido y que quizá ocurrió. Yo simplemente he sido el autor de una novela en la que he intentado reflejar, como ha hecho Aramburu en su novela reciente, un cuadro de época. Podrá desagradar a unos y agradar a otros, pero no creo que nadie puede tomarse nada de este libro como motivo de una agresión o una amenaza, francamente.

E.P.: Una obra literaria que recomiende.

R.C.: En mi vida ha habido varios libros. El otro día le comentaba a mi mujer en broma (o a lo mejor no tan en broma) que cuando me muera quiero que me pongan varios libros. Uno sería El principito, es el libro de mi adolescencia; Rayuela sería el libro de mi juventud; Juegos de la edad tardía, de Luis Landero, sería la novela de mi madurez, y alguno más que espero que me vaya dejando la vida en los próximos años. No tengo pensamiento de morirme antes de los cien (risas).

E.P.: Y, por último, ¿un personaje a quien admire desde la transición?

R.C.: Yo diría dos: Santiago Carrillo y Adolfo Suárez, porque demostraron que se podían representar ideas políticas contrapuestas, totalmente distantes una de la otra, y sentarse como personas civilizadas y hablar. Ese ejemplo no se ha vuelto a repetir después. Carrillo era un hombre que venía de la izquierda, que fue tolerante y dialogante; Suárez era un hombre que venía de la derecha, que fue un hombre dialogante, y entre los dos fabricaron la España actual; y yo creo que ese mérito hay que reconocérselo a ambos.

 

Rubén Castillo considera que la historia de ETA no debe olvidarse y debe ser enseñada a todo el mundo, ya que “si dejamos que se quede como la lucha de unos soñadores que buscaban una patria y que tenían derecho a elegir, a decidir, y derecho a la autodeterminación, y empezamos a utilizar palabras como libertad o derecho sin añadirles la palabra bomba y tiro en la nuca, damos una imagen distorsionada. Informar es siempre vacunarse”. “Cuando se olvida la historia se tiende a repetir”, y eso es algo que no podemos permitir.

Imagen de perfil de Mónica Pelluz

Mónica Pelluz

Directora general de El Periodicum y coordinadora de cultura y corrección. "Una palabra puede cambiar el mundo".

CC BY-NC-ND 4.0
Rubén Castillo: “Los integrantes de ETA cobraban un sueldo, no colaboraban gratis et amore” por Mónica Pelluz está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Noticias relacionadas