A orillas del Tyne: la cultura del balón

  • Son las seis de la mañana y en Manchester el sol todavía no ha hecho acto de presencia. Sentado en un incómodo autobús, con el Kutxi Romero mandando “a la mierda la primavera” en mis auriculares, solo cuento con el apoyo intermitente de la farolas para escribir estas líneas en un folio todavía diáfano. Lo de anoche fue espectacular, una velada de esas que se te graban en la retina dejando secuelas de por vida en forma de recuerdos. Y es que a Old Trafford no se le llama El Teatro de los sueños por mera literatura.
Juan Mata celebrando el gol de la victoria ante el Manchester City. Foto: The Guardian

Juan Mata celebrando el gol de la victoria ante el Manchester City. Foto: The Guardian

Vamos a dejar las cosas claras: soy un enfermo del fútbol. No uno de esos que ven ocho o nueve partidos cada fin de semana y recitan de forma suelta las alineaciones de equipos de media Europa. Mi adicción está más enfocada a todo lo que rodea el rectángulo de juego: las rivalidades históricas, los entresijos de vestuario, la épica de los estadios o esos carismáticos jugadores cuyas vidas dan para rellenar mil y un libros. Es por eso que el fútbol inglés me provoca una atracción casi magnética.

En Inglaterra, lo que sucede durante los noventa minutos de juego solo sirve como excusa que justifica todo lo que va antes, durante y después de los partidos. Aunque solo hay que remontarse a 2012 para encontrar la última Champions League conquistada por un equipo británico, parecen muy lejanos esos años de dominio inglés en el viejo continente. Sin embargo, la esencia de este fútbol se sigue conservando de forma excelente.

Por azares del destino, el pasado miércoles acabé en Old Trafford viendo el derbi entre el Manchester United y el Manchester City por un hueco en los cuartos de final de la EFL Cup, la copa de la liga. No sé si fue por la celeridad con que sucedió todo (organicé el viaje con dos días de antelación) o si se debió al increíble impacto que me causó el estadio, pero durante los primeros minutos de partido me encontraba en una burbuja de irrealidad. No terminaba de concebir que estuviera en un templo de fútbol viendo un duelo entre Mourinho y Guardiola, con jugadores como Ibrahimovic, Pogba o Juan Mata en el césped. Y en esta atmósfera de surrealismo, el factor ambiental jugaba un papel decisivo.

Me encontraba a miles de kilómetros de mi hogar, a otros cientos de la ciudad en la que vivo temporalmente y sentados a mi lado estaba una pareja de franceses que no había visto en mi vida, pero, ¿sabéis qué? Me encontraba como en mi casa. Es una de esos fenómenos que produce el fútbol: el sentimiento de pertenencia. Este concepto se define como la satisfacción de una persona al sentirse parte integrante de un grupo y creo que no puede describir mejor lo que sentí en las gradas de Old Trafford. La sensación que genera encontrarse rodeado de gente que se emociona, que disfruta y vibra por lo mismo que tú es abrumadora. Y cuando todo esto se ve canalizado a través de cánticos, aplausos y vítores, tus niveles de endorfinas están por las nubes. Es lo maravilloso del fútbol, lo que hace que, en unos minutos, puedas sentir Old Trafford como tu casa.

Además, hay que destacar cómo Inglaterra ha podido dejar de lado el fenómeno hooligan que lastró su fútbol  durante las últimas décadas del siglo XX. Pese a las bochornosas escenas protagonizadas por ciertos homínidos que acompañan a sus equipos en los desplazamientos, mi experiencia en los campos británicos, tanto dentro como en los alrededores, ha sido muy positiva. Los días de partido, el centro de Newcastle queda abarrotado de camisetas blanquinegras, los colores característicos del equipo local. Merece la pena internarse, en las horas previas a los encuentros, en los bares situados alrededor del estadio para constatar su sorprendente ambiente; acostumbrado al tópico español de locales llenos de hombres de avanzada edad, es muy chocante ver en los pub ingleses a padres y madres con sus hijos, grupos de jóvenes y colectivos de aficionados más radicales en completa armonía.

Fotografía de St James´Park durante un derbi entre el Newcastle United y el Sunderland. Foto: http://www.nufc.co.uk/

Fotografía de St James´Park durante un derbi entre el Newcastle United y el Sunderland. Foto: http://www.nufc.co.uk/

Se trata de entender el fútbol desde otra perspectiva: la del disfrute. No es que no les importe perder, simplemente no incluyen la victoria como premisa principal. Al campo no se va a ver ganar a tu equipo, se va a animar, a jalear, a aplaudir cada una de las jugadas y a cantar las canciones que pasan de generación en generación. Si al término de los noventa minutos tu equipo consigue los tres puntos, el día termina de quedar redondo.

Esta mentalidad tiene su reflejo en el estadio a través de ciertas actitudes que conviene destacar. En primer lugar, todo el mundo anima; desde que el árbitro pita el inicio del partido, las gradas se unen en una sola voz que no cesa. Da igual el rival, da igual el minuto o el resultado, en el estadio siempre se va a escuchar una banda sonora que pretende llevar al equipo en volandas.

Un segundo punto importante: los insultos no tienen cabida en las gradas; por supuesto que se puede escuchar algún ¨fuck off¨o similar, pero no es la regla. No se producen esas lamentables escenas en las que, a modo de coro, el estadio al completo se acuerda de la madre del árbitro. Claro que hay protestas, pero en forma de abucheos o pitos, algo bastante más acorde a lo que se espera del ser humano en pleno siglo XXI.

Por último, no puedo dejar en el tintero el gran respeto que muestran los ingleses hacia los mitos de su fútbol. Viniendo de España, un país donde el Santiago Bernabéu ha pitado a Casillas y San Mamés ha hecho lo propio con Iniesta, ¿qué queréis que os diga? Se me pone la piel de gallina cuando dos aficiones rivales corean al unísono: ¨There is only one Bobby Robson“, en referencia al histórico jugador y seleccionador inglés. O al llegar el minuto diecisiete en St James´Park y  ver a todos los aficionados levantarse entre aplausos para homenajear a Jonás Gutiérrez, un ex jugador del Newcastle que superó un cáncer de testículos y pudo volver a los terrenos de juego.

Estatua de Bobby Robson instalada en los exteriores de St James´Park. Foto: www.colchonero.com/

Estatua de Bobby Robson instalada en los exteriores de St James´Park. Foto: www.colchonero.com/

Pasión, respeto y memoria. Son las tres palabras que cimentan el fútbol inglés y hacen de este un ejemplo a seguir. Una cultura futbolística que sabe combinar la tradición con la modernidad, la pasión con la mesura y la rivalidad con el respeto. Se suele hablar de la liga española (no pienso llamarla Liga Santander) como la mejor del mundo; puede que lo sea en cuanto a la calidad de sus jugadores, pero no lo es si ponemos el foco en sus gradas. Si algo he aprendido en Inglaterra es a entender el fútbol como algo más que un deporte, que va más allá y trasciende a la cultura del país, pero nunca bajo una condición belicosa, sino como un nexo que une a personas de diferente clase social, sexo, raza o ideología bajo un mismo sentimiento. Que la gente no separe lo que el fútbol puede llegar a unir.

CC BY-NC-ND 4.0
A orillas del Tyne: la cultura del balón por Sergio Navarro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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