A orillas del Tyne: anarquismo utópico y nostalgia

  • Decía Schopenhauer que vivir en soledad era el destino de todas las grandes almas. Esta afirmación tan grandilocuente me conduce a dos posibilidades: o bien la condición de gran alma está muy lejos de poder ser aplicada a mi persona, o, simplemente, todavía me queda mucho por aprender en esto de vivir solo.
El dormitorio de Arlés, obra de Vincent van Gogh. Imagen: 20minutos.es

El dormitorio de Arlés, obra de Vincent van Gogh. Imagen: 20minutos.es

El rebosante cesto de ropa para lavar y las botellas de detergente y suavizante tiradas por el suelo actúan por sí solos como preludio de la sinrazón que reina en mi habitación. Si aún quedaba algún atisbo de duda, el abarrotado escritorio termina por aniquilarla: decenas de apuntes torturados por el subrayador amarillo fosforito se encuentran aplastados por una gruesa y oscura libreta; a su lado, una llamativa bufanda del Manchester United abriga unos cuantos vales de descuento que, casi con total certeza, no voy a emplear; aún sin saber cómo, el centro del escritorio ha sido conquistado por un paquete de galletas Oreo, un puñado de pañuelos y el gorro de mi amigo Eduardo; de forma napoleónica, esta idiosincrasia parece haber tomado también el flanco occidental del escritorio, con una guarnición aún mayor de apuntes, bolsas, folletos y una fiambrera cuya utilidad todavía está en tela de juicio. Así, bajo este régimen de desorden solo cuento con un estrecho hueco en el que apoyar el portátil para poder trabajar, aunque antes haya tenido que mandar al exilio la gigantesca masa de ropa que ocupaba mi silla y que ahora deambula sin rumbo por la cama deshecha.

Siempre he tenido una personalidad bastante anárquica; aquello del orden y las normas no terminaba de convencerme. Sin embargo, esta relajación de funciones siempre se ha visto coartada de forma bastante coherente por el hecho de vivir en sociedad y en familia, pero ahora, emulando a Robert Owen, Charles Fourier y compañía, puedo desarrollar este anarquismo utópico entre las cuatro paredes que delimitan mi habitación. Las reglas se reducen a lo básico y recomendable para mi salud: comer tres veces al día a la hora que surja, lavar la ropa en intervalos de tiempo coherentes e intentar que la superficie de suelo sucia no sea superior a la limpia. En definitiva, tanta parafernalia solo sirve para expresar que, desde que vivo solo, el desorden y la precariedad han asaltado mi estilo de vida.

Fotograma de la película Sólo en casa (1990). Fotografía: 20th Century Fox

Fotograma de la película Sólo en casa (1990). Fotografía: 20th Century Fox

Siendo sincero, no puedo decir que esta situación me supere o que debo reconducirla inmediatamente; más bien, me produce cierta satisfacción comprobar que, pese a la escasez de normas, el techo sigue sobre la habitación, nadie ha resultado herido y el polvo todavía no ha convocado un referéndum de autodeterminación. No obstante, al igual que con los sistemas socialistas, comprendo las dificultades que existen para extrapolar este estilo de vida a escalas superiores.

Al margen de proyectos anarquistas y delirios de grandeza, la vida del que vive solo, a 2000 kilómetros de su casa, también tiene sus inconvenientes. Razones que parecen evidentes, como echar de menos a tu familia y las comodidades de tu casa, cada vez están más presentes en tu rutina y te acaban abordando hasta que decides salir un rato a tomar el aire -muy frío en el caso de Newcastle- para no caer en un bucle de melancolía más propio de una película de Lars von Trier. Al final, para solucionarlo intentas aplicar a tu nueva rutina alguno de los ingredientes que componían tu anterior día a día: ese disco que siempre escuchabas en el coche cuando ibas a la universidad, esa cerveza que inundaba tus peripecias nocturnas, o incluso aquella serie que te trajiste en la maleta con capítulos todavía pendientes.

Dado que soy incapaz de hacer borrón y cuenta nueva durante los cinco meses que dura esta estancia, creo que es estúpido intentar apartar de mi cabeza todas las cosas que añoro de Murcia; simplemente intento que estas no tengan una gran influencia en mi rutina. El objetivo es disfrutar de la gran avalancha de experiencias que un Erasmus brinda, mientras te sigues acordando de los que conforman tu círculo más íntimo, no como un recuerdo que evoca tristeza, sino que te traslada a tus grandes momentos y te hace pensar, con satisfacción, en lo bien rodeado que has estado estos últimos años y lo agradecido que tienes que estar. Básicamente es la idea de que la distancia y la retrospectiva te hacen valorar mucho más las cosas.

Es lo que tiene vivir solo; lo mismo te encuentras tumbado en la cama saboreando una cerveza Guinnes y disfrutando del dantesco espectáculo que supone el desorden de tu habitación, que, de repente, la soledad amenaza con visitarte si no coges tu lista de nuevos contactos, algunos ya amigos, y decides cambiar el colchón por el sillón del pub más cercano.

P. D. Al final todo acaba en cerveza.

CC BY-NC-ND 4.0
A orillas del Tyne: anarquismo utópico y nostalgia por Sergio Navarro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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