A orillas del Tyne: diciembre

  • Qué rápido está pasando todo, parece increíble que ya hayan transcurrido casi tres meses desde que aquel avión que me llevó a Newcastle despegara. Tras una semana de descanso no merecido, vuelvo a ponerme delante del folio para comentar las cosas que se me pasan por la cabeza y no dejan de estorbar hasta que les doy alguna salida. Cada vez estoy más convencido de que estos artículos me vienen mucho mejor a mí que a vosotros, no sé qué me sucede, pero es empezar a escribir y mis medias verdades se tornan en certezas, esas sensaciones que no terminan de coger forma se definen a todas luces. Vamos a dejarlo en que me ayuda a ver las cosas de un forma más clara
Fotografía del Millennium Bridge de Newcastle. Foto: todofondos.com

Fotografía del Millennium Bridge de Newcastle. Foto: todofondos.com

¿Os he contado que la ventana de mi cuarto no tiene persiana? Es un tema complicado ahí donde lo veis. La inmensa fachada de la residencia en la que vivo acoge cuatro farolas para iluminar la solitaria calle en la que se asienta, tan solo cuatro focos de luz divididos entre los más de 70 metros de muro que dan al exterior. Pues sí, como pudieseis predecir, una de esas farolas se encuentra al lado de mi ventana. Y yo sin persiana.

Este pequeño inconveniente me obliga a iniciar un periplo diario para intentar conciliar el sueño. Una odisea que normalmente acaba en profundas divagaciones de escaso provecho, nocturnos delirios de grandeza y unas preciosas ojeras de oso panda al día siguiente. Sin embargo, de entre todo este informe amasijo de pensamientos, de vez en cuando alguno consigue subir el nivel y trascender a una idea que merece la pena desarrollar.

Como todas las noches, me había armado de nórdico y estufa para combatir la desapacible noche de Newcastle, logrando así crear mi propio microclima cálido, ideal para que al día siguiente la posibilidad de salir de la cama parezca más que complicada. Mientras buscaba desganado un sueño que sabía que tardaría en encontrar, una repentina idea me asaltó desde la tenue oscuridad de mi habitación: hay que ver, Sergio, si es que estás como en casa. Era una sensación que llevaba percibiendo desde hace algún tiempo, pero hasta ese momento no había tomado forma con tanta fuerza. No sé si será por la veintena de botellas de cerveza  que custodian la estantería de mi cuarto, si tiene algo que ver la dejadez inherente que gobierna mi habitación, o, quizás, sea por la famosa ilustración del Joker de Brian Bolland en La Broma Asesina que se encuentra acomodada junto a mi cama y que me tiene enamorado. Pero, después de casi tres meses, le he cogido un gran cariño a mi habitación. Y de esta certeza nace mi pregunta: ¿a qué podemos llamar hogar?

Para liberarme de un gran número de posibles respuestas, tengo que decir que siempre he huido de términos como patria o nación, entendidos en su más estricto sentido político. Y puedo decir que, pese a mi estancia en el extranjero, esto no ha cambiado ni un ápice.

Dice Rayden -y mi madre- aquello de “mi hogar son las personas, no los sitios”. Quizás sea una idea muy superficial, pero en esencia resume mi línea de pensamiento. Creo que la consideración de hogar implica una aceptación mutua: al igual que tienes que entenderlo como algo tuyo, también tienes que sentirte aceptado. Y es, en esta última condición, donde se encuentra la complejidad del asunto; si bien es sencillo que, con el paso del tiempo, le acabes teniendo cierto aprecio a tu habitación, el paso del tiempo y la costumbre no te hacen considerar como amigos a un grupo de personas. Porque en eso se basa la satisfacción del hogar, en tener un lugar al que llamar casa, una rutina que te llene  y un grupo de personas que te aprecien y con los que poder ser tú mismo. Solo cuando estas condiciones se dan puedes decir que tienes un hogar.

Pese a las complicaciones que esta afirmación conlleva, somos animales sociales que necesitan de otras personas para ser felices. Necesitamos de un lugar que considerar nuestro para combatir el desarraigo, de un grupo de gente al que llamar amigos para enfrentar la lejanía de la familia. Pese a que me cuesta reconocerme detrás de estas palabras, quizás esta sea la principal enseñanza que el Erasmus me deja.

El hogar es una comida con la familia, pero quizás también lo sea una noche con amigos a 2000 kilómetros de tu casa; descubrir que las calles hace poco desconocidas para ti ya no te miran con esos ojos desconfiados; ese perezoso comentario que haces a tu compañera de piso sobre la pereza que te da ir a clase por la mañana; darte cuenta de que tu inutilidad para la cocina no es tan grave como parecía en un principio; ese momento de lectura, cerveza y auriculares a altas horas de la madrugada, o, finalmente, la sensación de que es muy probable que, pese a las expectativas, no estaría nada mal dejar que esta estancia se prolongue un poco más en el tiempo.

Como una prematura carta de despedida, estas son simplemente las primeras letras de lo que dentro de unas semanas será un adiós. Los pensamientos de un estudiante, antes reacio a salir del hogar familiar, que empieza a vislumbrar cómo nace el final de una etapa que, irremediablemente, tiene que acabar para dar paso a nuevos objetivos.

CC BY-NC-ND 4.0
A orillas del Tyne: diciembre por Sergio Navarro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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