A orillas del Tyne: intifada horaria

  • Me acabo de levantar y parece que la hora del desayuno hace tiempo que sucumbió al incontestable paso de las manecillas del reloj. Aunque, ¿era la hora de desayunar o de comer? Creo que ya me estoy liando. Como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, en Inglaterra me da la sensación de que siempre llego a tarde a donde sea que deba ir. Pese a lo que pueda parecer, no se debe a un problema de puntualidad, se trata de una cuestión de ritmos, de hábitos de vida que relegan la rutina diaria de un español a ir siempre a rebufo de la ortodoxia horaria británica.
La persistencia de la memoria (1931), obra de Salvador Dalí. Fuente: wikiart.org

La persistencia de la memoria (1931), obra de Salvador Dalí. Fuente: wikiart.org

Si la semana pasada escribía sobre mi revolución personal contra el orden, hoy tengo que hablar de la capitulación que me he visto obligado a firmar frente a los horarios británicos. Lo he intentado, de verdad, pero me es imposible. Todo el mundo conoce las peculiaridades horarias que diferencian a España de la mayoría de países del viejo continente, pero hasta que uno no lo vive no se hace a la idea de lo difícil que es adaptarse a esta nueva dinámica. Nada más aterrizar en el condado de Tyne and Wear, las reglas del juego parecían claras: en Inglaterra los días empiezan y acaban antes, así que toca desayunar sobre las siete de la mañana, comer a las doce del mediodía y cenar a las siete de la tarde. “Comprendido, ahora espera que te voy a explicar mis normas”, pensé nada más llegar.

Durante el primer mes y medio en tierras británicas había ideado un plan para implantar las costumbres horarias españolas más allá de los Pirineos que parecía estar funcionando: desayunaba a las nueve de la mañana, comía casi a las tres de la tarde, creo que por puro vicio de llevarle la contraria a los ingleses, y solo necesitaba adelantar la cena a las ocho de la noche para que mi horario fuera compatible con el de las discotecas de la zona. Me sentía muy orgulloso de mi cabezonería innata y de mi empeño por vencer la rigidez británica. ¨Me encanta que los planes salgan bien¨, habría dicho Hannibal del Equipo A, pero tuvo que llegar noviembre y su cambio horario para desarticular por completo mi improvisado plan.

Recuerdo perfectamente esa grisácea tarde -menuda novedad- en Cambridge. Yo acababa de enviarle al director de este medio mi artículo semanal desde una coqueta cafetería donde había pasado la última hora. Mientras recogía mi cuaderno y mi ordenador, se me ocurrió mirar el reloj: las cuatro y media de la tarde, afirmaban las manecillas. Perfecto, todavía tenía una hora para visitar la ciudad hasta que saliera el autobús. Sin verlo venir, crucé el umbral del local y comprobé aterrorizado cómo el grisáceo cielo que había dejado a mis espaldas al entrar en la cafetería había dejado paso a un oscuro manto que, sin ningún tipo de dudas, marcaba el inicio de la noche. ¿Pero qué es esto? Me había tenido que perder algún capítulo de esta serie porque lo que veían mis ojos no tenía sentido: eran las cuatro y media de la tarde y la ciudad de Cambridge ya se había armado de farolas, neones y letreros luminosos para combatir la lobreguez nocturna. Pasaron unos cuantos minutos hasta que mi cabeza consiguió relacionar la incipiente oscuridad con el cambio de hora de la pasada madrugada. Estábamos a 30 de octubre y mi cruzada por expandir las costumbres horarias españolas acababa de sufrir un duro revés.

A partir de ese punto todo ha ido cuesta abajo. Mi intifada horaria está abocada al fracaso irremediablemente: son más y, con cada día que pasa, los ciclos de luz están más a su favor. A mediados de noviembre, las cuatro de la tarde marcan el inicio de la noche y todo apunta a que, a estas alturas en diciembre, a las tres de la tarde ya estará anocheciendo. Lo siento, pero, pese mi citada cabezonería, no estoy dispuesto a comer anocheciendo. He echado un pulso con los británicos y, a resistencia, me han ganado ellos.

Cuando compruebas que tu rutina empieza a las ocho o nueve de la mañana y termina a las siete de la tarde -a menos que vayas a salir de fiesta-, miras con cara desconcertada a la nada y te preguntas quién le ha robado las horas a tus días.

Northumberland Street, una de las calles más céntricas de Newcastle. Fuente: http://newcastleuncovered.com/

Northumberland Street, una de las calles más céntricas de Newcastle. Fuente: http://newcastleuncovered.com/

Así que esta lucha no era mera cabezonería por imponer mis costumbres; era un intento por no caer en el frenesí que supone la forma de vida británica. Llevo en Newcastle el tiempo suficiente como para afirmar que, en Inglaterra, la gente vive demasiado deprisa. Probablemente, poniéndonos en el contexto anteriormente descrito, es lógico que a las seis de la tarde cierren la mayoría de comercios, pero va más allá de los horarios de cierre. En Newcastle, por ejemplo, la mayor parte de los trabajadores y estudiantes comen fuera de su casa, en cualquier puesto de comida rápida. O, si miramos el horario universitario, vemos que entre las ocho de la mañana y las siete de la tarde no hay ninguna franja libre de clases. Puedes tener suerte, como es mi caso, y tener las clases lo suficientemente divididas como para poder volver a tu residencia, o te puedes ver obligado a comer a las once de la mañana o a las cuatro de la tarde. Al final, te sientes espectador de oleadas de personas que deambulan apresuradamente por las céntricas calles de la ciudad sin tiempo para vivir. Creo que no he visto ningún parque donde los padres puedan jugar con sus hijos y, cuando me fijo en los pubs o cafeterías, solo encuentro universitarios y adultos lo suficientemente mayores como para estar retirados. La sensación final es que esta rigidez horaria te lleva de cabeza a una rutina que niega por completo tu tiempo libre.

Quizás en España somos demasiado despreocupados y nos tomamos la filosofía de los anuncios de la cerveza Damm al pie de la letra, pero, si queréis conocer mi opinión, creo que es necesario. Cuando descubres que el tiempo se te está escurriendo entre los dedos y no sabes cómo agarrarlo, quizás simplemente tienes que tomártelo con más calma. Esto no es una llamada a la irresponsabilidad o a la elusión del deber, simplemente es una reivindicación. Una reflexión acerca de lo importante que es intentar tener tiempo para todo, incluso para ti mismo.

Voy a dejarlo por aquí porque creo que el espíritu de Paulo Coelho me está empezando a invadir.

CC BY-NC-ND 4.0
A orillas del Tyne: intifada horaria por Sergio Navarro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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