Artículo libre de humos

La mitad de las personas que fuman mueren a causa del tabaco. Si es usted fumador, no se eche las manos a la cabeza y piense “¿qué dice este?”,  porque no lo digo yo, lo dice la OMS (Organización Mundial de la Salud), que igual sabe de lo que habla. Además, el artículo añade que “el tabaco mata cada año a casi 6 millones de personas, de las que más de 5 millones son consumidores del producto y más de 600.000 son no fumadores expuestos al humo del tabaco ajeno“. Solo son dos datos, de los tantísimos que podría dar en materia de salud y que, por supuesto, no dejan al tabaco en un lugar agradable. Añadamos, pues, unos datos económicos para terminar de dar unas estadísticas sobre el tema que nos ocupa. El tabaco generó 12.000 millones de euros en estancos y lugares autorizados para su venta. El Estado, por su parte, recaudó en 2014 7.000 millones más el IVA por impuestos; hasta el 78’78% del precio de un paquete de tabaco lo son (recuerdo cuando una cajetilla de Marlboro ni se acercaba a los cuatro euros y hoy está alrededor de los cinco euros). De hecho, algún gracioso ha dicho alguna vez que si pusieran este dato en los paquetes de tabaco, más de uno se pensaría la adquisición, por aquello de darle dinero a los que nos gobiernan.

Hombre fumando.

Foto: flickr.com – Hombre fumando.

No he concebido en mi mente el artículo como una crítica a las tabacaleras, a los gobiernos y a los intereses económicos que permiten que siga existiendo esta droga aceptada. Porque lo es, es una droga que la sociedad ha normalizado. Y aunque no he esbozado el artículo como tal, esas cifras hablan por sí solas. Un bien que genera tal cantidad de dinero interesa que venda, por mucho que las cajetillas incluyan imágenes de las posibles consecuencias que provoca fumar en nuestro organismo, acción que siempre me ha parecido una completa pérdida de tiempo, pues el fumador es consciente de lo que está haciendo y le da igual. Estarán de acuerdo conmigo en que si de verdad quisieran acabar con el tabaco lo prohibirían de raíz y no harían pseudomedidas, como no poder fumar en lugares cerrados (muy acertada, por otra parte).

El verdadero motivo de mi artículo reside en el momento más complicado cuando fumas: dejarlo. Sí, yo he fumado durante varios años de mi vida. “Nunca digas de esta agua no beberé”, dice uno de los dichos de nuestro amplio refranero. Nunca pensé que me iba a convertir en fumador, pero pasó. Mis amigas fumaban y a mí me daba hasta asco, pero el rechazo pasó a ser curiosidad, la curiosidad me llevó a probarlo, y probarlo me condujo a verme un buen día de vaya usted a saber cuándo comprando un paquete de tabaco, pensando en si me lo venderían al no tener la mayoría de edad (cosa que en este país se respeta poco o nada, aunque eso da para otro artículo).

¿Qué les voy a contar que no sepan? Los típicos cigarros de después de comer, el que cae” mientras te tomas una copa o el que se te introduce en la boca sin saber cómo, mientras esperas a alguien. Yo añadiría fumar por aburrimiento y es que, les aseguro, que un porcentaje amplísimo de las colillas que he apagado en los últimos años han sido en situaciones de no hacer absolutamente nada; fumar para que pase el tiempo.

Hace ya cincuenta días que le dije a mi amigo Gonzalo: “este es el último cigarro que me fumo”. Si me hubieran dado un euro por cada vez que dije eso en el pasado, sería multimillonario. Pero esta vez ha sido de verdad. Quería dejarlo. Reconozco que, a pesar de no fumar mucho (un paquete y medio a la semana), el paso continuado de la nicotina, del alquitrán y del resto de componentes del tabaco por mi cuerpo estaban empezando a hacer mella. Malas respiraciones, fatiga, ansiedad, cansancio, tos… Lo notaba realmente y comencé a plantearme si era esa la calidad de vida que deseaba llevar. Obviamente, no. No puedo estar así a mis 21 años.

Sí, llevo cincuenta días sin fumar. Que sepan ustedes que únicamente sirve la fuerza de voluntad. Ni parches, ni libros de autoayuda, ni terapias, ni el típico “deje usted de fumar por hipnosis”, ni nada que esté imaginando. Nada de eso le ayudará. Nunca he creido en esos métodos y ahora mucho menos. Me parecen un engañabobos comparable al que hacen Sandro Rey y sus colegas de “profesión”. Un sacacuartos, oiga. Pero tampoco se confundan, no es sencillo. Me decía el otro día una chica que el segundo mes es el más difícil. No sabría decirles si tiene razón, lo que sí puedo decir sin miedo a equivocarme es que hay días y días. El mono es como un reflejo de nosotros mismos. Lo mismo te levantas sin ganas de volver a ver un cigarro en tu vida, que despiertas y no quieres ni desayunar, solo fumar. Hace una semana y media tuve un paquete en la mano. Lo observé, pensé “uno no hace daño, ¿no?” y acto seguido caí en la cuenta de la estupidez que cometería si volviera a fumar. Se lo devolví a su dueña y me dejé de tonterías, porque de verdad quiero dejar de fumar y ya llevo recorrido un trecho que no es despreciable.

Me dicen algunos fumadores que es increíble que lleve esa cantidad de días sin fumar. Los no fumadores se alegran y a veces añaden “si es que eso es una tontería y lo del mono más”, a lo cual siempre respondo que sí, que es tonto fumar, porque te mata, te deja olor en la ropa (cosa que va en contra de un chico curioso amante de la colonia como yo) y te hace rascarte el bolsillo, pero que el mono no lo es. Si nunca has sido adicto al tabaco no lo puedes entender, es normal, pero uno sí nota cuando su cuerpo pide nicotina. Es como un impulso, como una voz dentro de ti que pide algo. Tú sabes lo que es y se lo das.

Es probable que mis años de fumador me pasen factura en el futuro, pero desde luego el importe será menor dejándolo ahora, pues la mejora la estoy notando ya. Les animo, de verdad, a iniciar conmigo este viaje de abandono y de no retorno. Por muchos días más sin humo.

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José Miguel Rodríguez Ros

Director General de El Periodicum y Coordinador de Actualidad, Opinión y Radio. Soy amante de la música, de las series, de los videojuegos, del deporte, de la poesía... Pero sobre todo soy un enamorado confeso de la radio. El periodismo nos da la vida a quienes lo sentimos.

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