Crecemos, nos hacemos adultos

  • Crecemos y nos damos cuenta de que hay amigos que no son para toda la vida, que un “para siempre” puede caer en el olvido

Escultura de niños atrapados en los cuerpos de adultos. Foto: Vitaly Deynega

Quiero volver a ser una niña, quiero volver a creer en la magia, quiero volver a creer que los monstruos no son de verdad, que la muerte con algo de suerte es algo lejano, que el malo solo está en las películas, que los amigos son para siempre, que las peleas se resuelven con un abrazo, que las heridas se curan con un beso de mamá.

Pero no. He dejado de ser una niña, hemos dejado de serlo, o eso es lo que dice la ley, que somos adultos. Y los adultos ya no creen en la magia, se sorprenden poco.

Los adultos saben que no existen monstruos enormes de color verde, sino que pueden tener el aspecto del vecino del tercero, o de la señora que va por la calle. Los adultos saben que un monstruo puede ser cualquiera, y que está en todas partes; que en vez de estar debajo de tu cama o en el armario puede estar acostado a tu lado.

Los adultos saben que la muerte es el final de un camino, para algunos largo y para otros corto. Ellos muchas veces se ven cara a cara con la muerte; otros intentan burlarse de ella, pero la muerte acaba burlándose de los adultos, de nosotros. Otros van a ella cansados de este mundo sin magia; asimismo, están aquellos a los que la muerte les ha arrebatado a alguien, que empiezan a respetarla, a temerla. Todos ellos tienen algo en común: saben que la muerte no es algo lejano; está presente.

Cada mañana cuando como adultos leemos el periódico, vemos el telediario o le echamos un vistazo a las redes sociales, nos damos cuenta de que los malos existen en la realidad, y que son mucho más malos que en las películas porque nunca los vemos venir. Los adultos aprenden, aprendemos que el malo puede llevar traje y corbata, que puede ser de aquí o de fuera, que el malo puede destrozarnos la vida y que a lo mejor no será condenado y la víctima no tendrá un final feliz como en las películas.

Crecemos y nos damos cuenta de que hay amigos que no son para toda la vida, que un “para siempre” puede caer en el olvido; aprendemos que hay quien llega más tarde, pero ese es el que se queda para siempre; que es mejor calidad a cantidad. Aprendemos a decir adiós y a querer de nuevo, una y otra vez.

Levantamos el vuelo y nos convertimos en adultos, dejamos de estar bajo el ala protectora de nuestros padres, aprendemos que las heridas no se curan con un beso de mamá. Aprendemos que aunque ese beso no las cura, muchas veces ayuda; aprendemos que las heridas son constantes, y que siempre acaban curándose.

En definitiva, crecemos, nos hacemos adultos y, si tenemos suerte, siempre existirá en nuestro interior un niño que será la fuente de fuerza cuando esta le falte a nuestro yo adulto. Sí, crecemos, y nos damos cuenta de que muchas cosas no son como creíamos, pero sobrevivimos, e intentamos cumplir sueños y ser felices, porque de eso trata ser adulto, por lo menos para mí.

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Nadia Ziani

Estudiante de Periodismo e Información y Documentación. Amante de los libros y curiosa por naturaleza. Creo firmemente en el poder de la palabra como el arma más eficaz.

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