El mendigo de la calle Serrano

  • Volver de erasmus o cómo recibir la bofetada de realidad más grande de tu vida
Atardecer en el río Tyne (Newcastle Upon Tyne)

Río Tyne (Newcastle Upon Tyne). Foto: Pepa Agüera

Ruido de motores, dos azafatas que explican metódicamente cómo salvar tu vida “en caso de”, asiento número 9E pasillo y, fuera de esa burbuja, el lugar que has aprendido a amar durante cinco meses. Te vas. La sentencia que es el documento de salida que firma tu tutor erasmus es irremediable. El erasmus Dragon Khan terminó. Terminó hace más de lo que te imaginas, fue cuando viste por última vez el río por el que tanto te relajaba pasear, cuando le dedicaste una última mirada a la fachada de la universidad que te enamoró y cuando dijiste adiós a tus amigos, los que hicieron de tu estancia la experiencia más increíble de tu vida.

Tu vida, la que ahora tienes que recordar para recomponer de nuevo. Es la vuelta al cole. Has pasado unas vacaciones increíbles, has viajado, has reído, has trasnochado, has vivido. Y el poso que deja todo eso no es ni más ni menos que una gran revolución dentro de ti. La sensación de las mariposas en tu estómago se queda por la suela de los zapatos comparada con el zoológico de emociones que te traes de vuelta. Sientes una inmensa felicidad al verlos, pero mamá, papá, familia, amigos, compañeros lo saben: no querías volver.

Es incomprensible para quien no lo ha vivido. Lo sabes y lo aceptas, al fin y al cabo, no se acaba el mundo. Vuelves a clase donde, por decir poco, nunca has estado más descolocado que en toda tu vida. En tu cabeza aún resuenan ecos del perfecto inglés de tu profesor de política o del peculiar acento de tu profesora griega, esa que impartía una asignatura que todavía no entiendes cómo te han convalidado. Y paseas, vuelves al mundo real con los ojos más abiertos que nunca. Buscas el empedrado de la calle por la que pasabas cada mañana, afinas tu oído, ya súper desarrollado, a cada conversación que escuchas en inglés y buscas algo que te motive. Que te excite como lo hacía la ciudad que te acogió.

Acabarás acostumbrándote, piensas. Rutina. No te sorprende que nada haya cambiado desde que te fuiste, misma vida, mismo mundo, diferente tú. Incluso el mendigo de la calle Serrano sigue en el mismo sitio. La calle Serrano, por fin te aprendes el nombre del camino que tomas para ir a la estación de autobuses y subirte al bus que te lleva a casa. Pero, ¿dónde está tu casa?

CC BY-NC-ND 4.0
El mendigo de la calle Serrano por Josefa María Agüera de Haro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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