Hablemos de fobias

Todos tenemos miedo. Quien más y quien menos salta al ver una araña, o evita los lugares elevados, o tiene una lucecita para poder conciliar el sueño. El nombre dado a estos “pequeños” temores de nuestro día a día es “fobia” (del griego «Φοβος», ‘pánico’), y hay tantas, que darían para hacer tropecientos y pico artículos de opinión como este, pasando por las relacionadas con la fauna (como la famosa ofidiofobia de Indiana Jones), o por las del espacio o situación en la que se encuentra el sujeto, como la agorafobia, por ejemplo.

Ron Weasley (Rupert Grint), a punto de entrar en pánico debido a su aracnofobia -- Fuente: Harry Potter and the chamber of secrets

Ron Weasley (Rupert Grint), a punto de entrar en pánico debido a su aracnofobia — Fuente: Harry Potter and the chamber of secrets

Empecemos por las más conocidas. ¿Sabría poner nombre a las fobias de las tres situaciones que he puesto al principio del artículo? En este orden, son aracnofobia (arañas), acrofobia (alturas) y nictofobia (oscuridad, noche). También son muy comunes la odontofobia, ese miedo a ir al dentista, o la claustrofobia. Incluso entraría dentro de lo comprensible la tremofobia, que es el miedo a los temblores de tierra. Pero la mejor parte viene al hablar de fobias, cuanto menos irrisorias, que plantean a aquel que las lea si realmente existen o se trata simplemente de un desvarío de algún internauta aburrido. Dicho lo cual, es más que necesario mencionar la “hipopotomonstrosesquipedaliofobia”, el miedo a las palabras largas y complicadas (admítelo, no te has parado a leerla en detalle; yo tampoco, si te sirve de consuelo). También entra en el ranking el temor de que un pato te observe desde algún punto del planeta, y mi favorita, lupolipafobia: que un hombre lobo te persiga alrededor de una mesa de cocina con el suelo recién encerado y llevando calcetines. Porque, claro, ¿qué persona en su sano juicio no tiembla al imaginarse esta horrorífica escena?

Por supuesto, hay más temores, y mucho más “comprensibles” que los anteriormente descritos. Eso sí, hay que tener en cuenta que hay ciertas fobias que no deben ser consideradas como tal. Por ejemplo, el miedo  a animales potencialmente peligrosos, especialmente tras sufrir un ataque; el pánico a una motosierra encendida manejada por otra persona, y el miedo a un ladrón armado no son fobias: es sentido común. Por desgracia, mujeres de todo el mundo añaden a la lista el ser abusadas, física y sexualmente, y el salir a la calle, gracias al enorme número de casos de violencia machista, que se han saldado solo este año con la muerte de 45 mujeres en España, a falta de un mes para terminarlo, y que suele acabar con la vida de al menos 57 mujeres al año desde 2007. Del mismo modo, también hay ideologías de odio, como el profesado a otras razas o sexualidades, que escudan, tras la palabra “fobia”, actos violentos y vejatorios impulsados por el desconocimiento y la repulsa a seres humanos que no se ajustan a la autoproclamada “mayoría”, y que suman 1285 casos de delitos de odio en 2014, añadiendo, al total, situaciones de ataques contra personas discapacitadas y por motivos religiosos.

Según vamos avanzando como sociedad, nuevos temores van acompañándonos en el día a día que no acompañaban a nuestros bisabuelos, como la nomofobia, el miedo a salir de casa sin el teléfono, a la vez que desaparecen otros tantos. Y desde aquí, quisiera acabar expresando mi deseo de que desaparezcan entre esas fobias obsoletas; todos los odios vestidos de miedo, y de que no tengamos que añadir a la lista de fallecidos nuevos nombres de mujeres, de no heterosexuales y de personas de color que han muerto a manos de gente que no tiene miedo. Porque lo que hacen, no es por miedo…
Es por odio.

CC BY-NC-ND 4.0
Hablemos de fobias por Onofre Ortiz Fenoll está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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