Hay tranvías que solo pasan una vez en la vida

A las nueve de la mañana, generalmente, me suelo sentir la persona más pequeña del mundo. Supongo que vivir en una ciudad es lo que tiene, que te encuentras entre un millón de personas y piensas que tú no eres nadie entre tanta gente.  Y, normalmente, suele sucederme cuando cojo el tranvía para ir a la universidad. Veo a muchos hombre y mujeres entrar y salir en cada parada y, a veces, hasta me planteo qué sentirán ellos en cada momento. Yo, últimamente, por increíble que parezca, no siento nada.

Sé lo que estarás pensando, que me he vuelto loca, pero al contrario. Con no sentir nada sólo me refiero a que, entre tanto sube y baja, me encuentro tranquila. No hay nada ni nadie que me alborote la vida. Es como si el mar bravo en el que viví alguna vez se hubiera parado y viviera en calma de una vez por todas. He conseguido, después de mucho tiempo, de muchas idas y venidas, sentir paz conmigo.

Foto del Tranvía de Murcia. Imagen: vivireltren.es

Foto del Tranvía de Murcia. Imagen: vivireltren.es

¿Sabéis cuál es esa sensación de no recordar cosas que han pasado o que conocías anteriormente? De repente, un día te levantas y no te acuerdas de alguien, o de algo en concreto. No recuerdas cómo olía el verano, pero sabes que, en cuanto vuelva, sabrás identificarlo. Y me preguntarás, ¿cómo huele el verano exactamente? No lo recuerdo. Al igual que no recuerdo muchas otras cosas dolorosas que han ido pasando.

No recuerdo el sonido de la voz de personas que pasaron hace tiempo por mi vida y, a veces, resulta frustrante porque intento esforzarme por acordarme. Pero no están, se han desvanecido. Pensadlo por un momento.

Supongo, y tengo la teoría, que todo aquello que nos hace daño, igual que sale de nuestra vida, sale de nuestra cabeza. Es como si nuestro cuerpo, al cabo de un tiempo, lo expulsara de él. Como si tuvieramos defensas antirecuerdos. Como cuando nos ponemos enfermos y pasamos una semana malos, pero al final el virus es destruido. Esto es lo mismo.

Puede sonar algo raro, lo sé. Pero realmente no recuerdo ni siquiera el momento exacto en el que decidí olvidar ciertas cosas. No lo decidí yo, sucedió sin más. El tiempo pasa tan deprisa que apenas nos damos cuenta, y en el momento en el que nos damos la vuelta para permitirnos echar una ojeada atrás, abrir algunas heridas, sentarnos a analizar las cosas, ya no puedes. Porque ya no lo recuerdas. Al igual que no recuerdas el momento exacto en el que dejaste marchar a algunas personas y ni siquiera de cómo lo hiciste.

Cuando me permito mirar al pasado, que sucede pocas veces porque tengo poco tiempo y pocas ganas de hacerme daño, se me revuelven las tripas. Quizás hubo un momento exacto en el que me hubiera gustado decir algo más o algo menos. De repente me doy cuenta de que quizás no supliqué demasiado para que algunas cosas no cambiaran, aunque los cambios no lleguen a ser del todo malos. Quizás, no llegué a decir a tiempo un “te quiero” sincero en el momento oportuno, y quizás también, los dije mal y pronto, que suele suceder, o, siendo más simple, no me bajé de algún coche sin despedirme como debía.

Y así se produce un cambio, el cual nos lleva a nuevas cosas. Conocemos nuevos sitios a los que nos gusta volver de vez en cuando, o un sitio donde quedarnos permanentemente. Quizás hemos elegido una nueva línea que seguir, en la que nos encontramos nuevas cosas por las que luchar, nuevas cosas por las que soñar y dejarnos la piel. Y, también, nuestro cuerpo absorbe la risa de las personas que nos rodean y nos hacen bien, y las cuales podemos recordar una y otra vez en nuestra cabeza y que no nos cansaríamos de escuchar, como nuestra canción favorita, como el buen ritmo de Los Beatles  que nunca olvidamos, o las letras de Diego Ojeda que tanto nos llegan dentro y por eso nos aprendemos. Y, por increíble que parezca, lo reproducimos una y otra vez en nuestra cabeza porque no lo queremos olvidar.

Quizás sea eso, que hay cosas que queremos sacarnos de la cabeza para no volverlas a escuchar y por eso las olvidamos conforme va pasando el tiempo, y hay otras que nos hacen tanto bien que, aunque el tiempo pase, las seguimos protegiendo dentro de nosotros.

A lo mejor es mucho más sencillo aun y se trata de simplificar la explicación.

Hay tranvías que solo pasan una vez en la vida.

Tú decides si cogerlos en la hora exacta para llevarte hacia lo que te hace bien a ti mismo, o dejarlos pasar para que se larguen con todo aquello que hemos decidido dejar marchar.

Imagen de perfil de Carmen Romero Román

Carmen Romero Román

Estudiante del Grado de Periodismo en la Universidad de Murcia. Amante del cine y la lectura. Sabemos que hemos leído un buen texto cuando este nos entra por la vista, pero es capaz de tocarnos el alma.

CC BY-NC-ND 4.0
Hay tranvías que solo pasan una vez en la vida por Carmen Romero Román está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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