Los cerdos también montan en bicicleta

  • Treinta minutos para llegar a casa. Treinta minutos que, normalmente, se tratan de diez o quince

Foto: Youtube

El sábado pasado salí, como de costumbre, a cenar con amigas. Esa cena se prolongó hasta la una y cuarto, y continuó tras un ”vamos a tomar algo” hasta las seis de la mañana. Mi compañera de piso, fiel a sus raíces Erasmus, decidió quedarse en la discoteca hasta el amanecer. Yo, por el contrario, no podía soportar más estar subida a unos tacones incomodísimos que me había comprado esa misma tarde, así que decidí volver a casa.

Conseguí salir con éxito del recinto, a pesar de que al menos diez hombres se interpusieron en mi camino desde la zona en la que se encontraba el DJ hasta la salida. Tuve que escuchar comentarios ingenuos y algunos que ya no lo eran tanto, a la vez que aguantar roces imprevistos y cuerpos que se abalanzaban sobre mí adrede.

Aunque perdí la cuenta del resto de varones que obstaculizaron mi llegada a casa desde la discoteca, recuerdo a dos de ellos con especial cariño:

El primero no dudó en agarrarme del brazo, como si me conociese de toda la vida, y hacer uso de su fuerza para cambiarme de acera. Cuando conseguí soltarme, y después del inoportuno comentario que dirigió a sus amigos -dijo algo así como “esta y yo nos vamos a su casa”– ¿A qué? Podéis imaginarlo. ”¿Esta? ¿Quién te ha invitado a mi casa?”, le espeté sorprendida. Entonces, con la típica sonrisa de no haber roto un plato en siglos, reprochó que era una broma sin importancia y siguió su camino.

Más tarde, intentando abrir la puerta de casa, me sentí asqueada al percibir cómo alguien metía la mano debajo de mi falda, sin remordimiento alguno. Entonces descubrí que ahora los cerdos también montan en bicicleta.

Foto: El Confidencial

El hecho de ser mujer no debería obligarme a tener que percibir como algo natural este tipo de actos denigrantes. Se trata de algo que escuchamos por activa y pasiva, pero nos educan para vivir con miedo. Miedo a que alguien decida meternos mano porque le da la gana o tratarnos como un objeto por ser ”más débiles”.

Por desgracia, en pleno siglo XXI, no consigue asustarme que un imbécil me toque el culo sin mi permiso o que otro decida llamarme guarra por llevar vestido. Quizá por ello no damos la importancia que se merece al hecho de que hayan muerto cerca de 50 mujeres en 2016 a manos de un tío que perfectamente pudo haber sido un cerdo ciclista o un bromista sin gracia.

CC BY-NC-ND 4.0
Los cerdos también montan en bicicleta por María del Mar García Mazón está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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