Sobre la Música, el Cine y un poco de Ennio Morricone

Muy poca gente se fijó en él, es normal; el despampanante desfile que supone la alfombra roja de los Óscar no es lugar para que hombres de su cariz brillen. Tranquilo y trajeado, con un soberbio esmoquin negro, Ennio Morricone hizo su entrada en el Dolby Theatre -Kodak Theatre para los nostálgicos- acompañado de su esposa, Maria Travia, a la espera de recibir el reconocimiento académico que tantas veces se le había negado. Seis nominaciones más tarde, este genio romano de 87 años se dirigía al escenario para recoger su estatuilla dorada que le premiaba por su fantástico trabajo en la banda sonora de Los odiosos ocho

¿Qué valor tiene esto? El de una mera anécdota, como también lo fue que desarrollara todo su discurso en italiano, que reservara unas palabras para John Williams, o que este premio llegue diez años después de que la Academia lo retirara entregándole en 2006 el Oscar honorífico. Ennio Morricone está por encima de los Óscar, de los Globos de Oro, de los BAFTA, de los Grammy, o de cualquier tipo de premio que intente materializar lo inmaterial de su trabajo. Porque Morricone es patrimonio vivo de la humanidad, como lo son todos aquellos que han sido tocados por la mano de algún dios generoso y que en nuestro mundo reciben el nombre de compositores de bandas sonoras.

Ennio Morricone recibiendo el Oscar a la mejor banda sonora. Foto: www.irishcinephile.wordpress.com

Ennio Morricone recibiendo el Óscar a la mejor banda sonora. Foto: www.irishcinephile.wordpress.com

El mundo del cine está lleno de talento; directores que tienen en sus mentes mundos que el resto apenas podemos comprender, actores capaces de mutar en cientos de personalidades, o fotógrafos que saben captar lo que no aparece en el objetivo. Pero mis favoritos, sin duda, son los compositores.

¿Qué sería del cine sin música? No esperen que les dé respuesta, se trata de algo que no quiero ni imaginar. Porque la música es algo inherente al cine; antes de que los actores empezarán a hablar, ahí estaba para acompañar a Charles Chaplin en sus Tiempos modernos y evitar que este se sintiera solo en su involuntaria odisea hacia el sindicalismo. Un productor puede invertir millones de dólares en una superproducción, contratar a los mejores actores y desplazarse hasta el mismísimo Tártaro si lo creyese necesario, pero de nada valdría este esfuerzo si no llama a la puerta de uno de estos artistas, suplicándole unas notas para blindar su creación. Detrás de toda gran película aparece una excelsa banda sonora.

Estas partituras provocan tal impacto que terminan siendo un elemento indisociable de la propia imagen. Poco importa qué le hubiera ocurrido a la Tierra Media si Howard Shore no hubiera compuesto el Concerning Hobbits para presentarnos a estos valerosos personajillos; tampoco el Titanic se hubiera hundido de la misma manera si el romance entre Rose y Jack, no hubiera estado acompañado por el arrebatador My Hearts will go on de James Horner. Porque la música consigue llegar allí donde no alcanzan en ocasiones los propios actores. Es por eso que nos emocionamos cada vez que escuchamos ese desesperado violín que se rebela contra el nazismo en La lista de Schindler, este mismo motivo provocó que nadie se atreviera a discutir que en todos los episodios de Star Wars la música tenía que ser cosa de John Williams.

Hay bandas sonoras que solo con escucharlas consiguen transportarnos: unos pocos acordes de la obra de Nino Rota para El Padrino nos sitúan frente a Marlon Brando, en un siniestro despacho, buscando un pequeño favor. Retrocedemos desde la América de los años 40 hasta el lejano Oeste durante la Guerra Civil sólo con escuchar las primeras notas de las partituras de El bueno, el feo y el malo, porque hay que reconocer que muchas veces tenemos más idea de la música que de la propia película.

En esto del cine, hay relaciones entre directores y compositores muy prolíficas; la gran pantalla habría perdido algunas de sus mejores escenas en los últimos tiempos si Cristopher Nolan y Hans Zimmer no se hubieran juntado. Es imposible comprender las películas del británico sin la música del alemán -también le tuvo que resultar tortuoso a Zimmer discernir las siempre laberínticas películas de Nolan-. No sabemos cómo, pero, en los últimos años, las mejores bandas sonoras tienen firma alemana.  El periplo intergaláctico de Matthew McConaughey y sus dramas temporales no habría conseguido atravesarnos el alma sin el abrumador Cornfield Chasey lo mismo podemos decir del thriller Origen y su contundente Time.

No cometáis el error de creer que Hans Zimmer necesita a Nolan para desplegar su talento, ni mucho menos. Este señor de 58 años es el culpable de que tengamos clavados en la mente aquellos campos de trigo mecidos por el viento que Máximo Décimo Meridio añoraba en Gladiator, que los de mi quinta todavía se emocionen cuando Simba intenta despertar a su padre en El Rey León, que los piratas volvieran a estar de moda, acompañando como un fiel escudero a la soberbia interpretación de Jhonny Deep en Piratas del Caribe, o resucitando de entre las páginas de sir Arthur Conan Doyle a un esperpéntico Sherlock HolmesCreo que ya nos podemos hacer una idea de lo que este hombre ha sido capaz de hacer, así que continuemos por este maravilloso mundo de las bandas sonoras.

Escena de Gladiator. Imagen: es.pinterest.com

Escena de Gladiator. Imagen: es.pinterest.com

Un fenómeno digno de alabar en las bandas sonoras es su capacidad para resucitar clásicos guardados en los baúles de los más nostálgicos. Un ejemplo reciente lo encontramos en la sorprendente Guardianes de la Galaxia y su homenaje a la música de los 70 y los 80, con espacio reservado para los Jackson 5, Marvin Gaye, David Bowie o Blue Swede. Pero James Gunn no es el único que se ha apuntado a esta corriente.

El profanador de cómics clásicos, Zack Snyder, es un maestro en esto de dirigir películas mediocres con excelentes bandas sonoras. Después de su fantástico trabajo en 300 (gracias a las partituras de Tayler Bates) el de Wisconsin decidió adaptar la ópera prima de Alan Moore: Watchmen. El resultado fue decepcionante, pero consiguió dejar para el recuerdo algunas escenas en las que este grupo de decrépitos superhéroes compartían plano con Janis Joplin, Simon & Garfunkel, Jimi Hendrix o Leonard Cohen. El summum del experimento nos lo encontramos al inicio de la cinta, donde Bob Dylan y su The times they are a-changin´ son los encargados de recordarnos los tiempos gloriosos de estos violentos justicieros. Se ve que Zack Snyder le cogió el gusto a esta tendencia y, en su colaboración con 300: El origen de un Imperio, no deja escapar la ocasión de introducir en los créditos la voz quebrada de Ozzy Osbourne y su himno War Pigs. Pero, si no me equivoco, estábamos hablando de cine así que dejemos de lado a Zack Snyder y su indiscriminada violencia gratuita para tratar temas serios.

Martin Scorsese o Guy Ritchie son algunos de los directores que han decidido avanzar a la música actual o, en su defecto, a los 90 para ambientar sus películas. El primero ya se había ganado a la crítica después de la increíble experiencia musical que supone Taxi Driver y su recorrido por lo más turbio de los Estados Unidos de finales de los 70. Obviamente no consigue superarlo, pero el I´m shipping up the Boston que incluye en Infiltrados no está nada mal. Fue el exordio de lo que más tarde pudimos ver en El lobo de Wall Street; la película más irreverente del neoyorquino debía tener una banda sonora a la altura; Foo Fighters, Umberto Tozzi o The Lemonheads, entre otros, se encargan de ponerle ritmo a la vida de desenfreno de Jordan Belfort.

Si Martin Scorsese ha sabido adaptarse al nuevo panorama cinematográfico, Guy Ritchie lleva transgrediendo los estándares musicales desde que empezó en este mundo. Su primer gran trabajo, Snatch, estuvo muy bien respaldado por Oasis y su Fuckin´in the bushes, pero lo que este tipo consigue en RocknRollas es demencial; The Clash, Lou Reed, The Hives o The Sonics forman parte de una de las mejores recopilaciones musicales que un servidor ha visto en una película.

Podría dedicar media vida a escribir sobre las selecciones musicales en el cine y es muy probable que cualquier cinéfilo ataque ferozmente la ausencia de grandes directores como Quentin Tarantino o los hermanos Coen, que han sabido a lo largo de su carrera implementar la música en sus películas como si la hubieran compuesto ellos mismos, pero tampoco pretendo hartaros a nombres y todavía me queda alguna cosa por comentar.

No se puede terminar un artículo sobre bandas sonoras sin reservar un espacio para recordar el uso que muchos directores -no todos de forma acertada- le han dado a la música clásica. Por desgracia, tenemos que hablar de un empleo lleno de tópicos. ¿Cuántas veces hemos tenido que escuchar la Cabalgata de las Valquirias de Wagner? Pues, de todas, solo una ha conseguido mantenerse en mi cabeza: resulta complicado olvidar ese desfile de helicópteros que sobrevuelan el Vietnam dirigidos por el coronel Bill Kilgore en Apocalypse Now. Salvo casos contados, la utilización de estas partituras siempre responde a los mismos patrones; una cena de gala nunca puede celebrarse si no suena la Pequeña serenata nocturna de Mozart, tampoco es recomendable filmar una boda si de fondo no está sonando el Canon de Pachelbel o, por último, parece que los directores de mediados del s.XX no encontraron ningunos acordes que fueran adecuados para sus películas de misterio salvo los de Bach y su Tocata y fuga en re menor. Pero siempre hay alguna película que equilibra la balanza y nos vuelve a recordar las maravillas que esconde la música clásica, Master and Commander es una de esas.  Las reuniones nocturnas que mantienen el capitán Jack Aubrey y su doctor Stephen reviven partituras emblemáticas, aunque no muy conocidas, de Mozart y Bach como el Rondo – Allegro o el Prélude.

Después de esta perorata repleta de directores, músicos y canciones, queda poco por decir, cualquier cosa sería demasiado superflua para tener importancia. Solo nos queda la emoción de esperar una nueva película, una nueva escena o un nuevo instante que nos transporte más allá de nuestro mundo y nos deje petrificados en nuestros asientos bendiciendo el día en que los Lumière crearon el cinematógrafo.

 

 

 

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Sobre la Música, el Cine y un poco de Ennio Morricone por Sergio Navarro está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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