Una de arena y otra de arena

El mundo se va a la mierda. Así de claro. Sí, es cierto, suena muy pesimista, incluso apocalíptico. Esta afirmación se debe a que la política internacional vive su momento más crítico desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, nunca la democracia se ha visto tan amenazada ni los sistemas democráticos occidentales han sido tan endebles. Nunca hubo una crisis de ideas y de liderazgo tan profunda como para que las masas se arrodillen a los pies del primer energúmeno que les prometa vivir en el edén.

Donald Trump Donald Trump, aspirante republicano a la presidencia de EEUU. Fuente: abcnews.go.com

Donald Trump, aspirante republicano a la presidencia de EEUU. Fuente: abcnews.go.com

Empecemos por lo más cercano. La Unión Europea se resquebraja: de Norte a Sur y de Este a Oeste; por este orden. Cuando aún se sentían los azotes de la recesión que situó la economía de los países mediterráneos, como Grecia, Italia, España o Portugal, al amparo de mamá Merkel y papá Draghi, llegó la crisis de los refugiados. La respuesta al problema económico fue ineficaz. Ante los refugiados, directamente, no hay respuesta. Los países orientales, como Polonia o Hungría (dirigidos por seres demasiado similares a neonazis como Lech Kaczynski y Viktor Orban), reniegan de cualquier tipo de reparto porque “vienen yihadistas” y “los polacos somos más mejores” y “ponga usted una valla de alambre para que no pase a Hungría ni Dios”. Mientras tanto, Gran Bretaña decide que eso de un estado supranacional no va con ella y decide marcharse de la UE al ritmo populista de Nigel Farage. Observamos que la tendencia constante se dirige a un mayor proteccionismo y, sobre todo, hacia un nacionalismo exacerbado que defienden quienes no tienen más propuestas que su patria.

Al mismo tiempo que los sirios se agolpan en Lesbos y los subsaharianos se ahogan ante las costas libias, los organismos europeos o las naciones que deben liderar el proyecto no saben qué hacer. O mejor dicho, no se atreven a hacer nada porque a las espaldas tienen un francotirador apuntándoles a la cabeza. Llámese este Marine Le Pen, llámese AfD (Alternativa por Alemania, partido de carácter ultraderechista -para variar-) o llámese como se llame. Mientras el sur de Europa ha virado hacia la izquierda con el auge de Syriza, Podemos o Movimiento 5 Estrellas para poner fin al mandato imperativo de Bruselas, en el Atlántico pesa más la obsesión por que nadie de otra raza, cultura o religión se adentre en sus territorios.

Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía. Fuente: elpais.com

Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía. Fuente: elpais.com

Más allá del viejo continente, el panorama es aún más desolador. No se habla de ellos, pero Estados como Sudán del Sur, Yemen, Somalia o República Centroafricana se consideran fallidos porque ya no hay quien ponga solución; y Siria sigue por los mismos derroteros, a la vez que se convierte en el último bastión de la Guerra Fría. Depende, únicamente, de las potencias internacionales ponerle fin al conflicto; no obstante, si los actores son EE UU y Rusia, la cosa se complica. Los americanos nunca fueron ningunos santos, pero negociar con un ultranacionalista con tintes dictatoriales como Vladimir Putin no ha de ser sencillo. Por ello, apoya a un tipo de su misma calaña, como Bachar El Asad, y juntos disfrutan masacrando a bombardeos a la población civil de Alepo. Al otro lado de la frontera turco-siria dirige los designios de la mayor potencia islámica un criminal de nombre Racep Tayyip Erdogan, un tipo del que no suena inverosímil que orquestara un golpe de Estado en su contra para eliminar a cualquier opositor de su vista. Y luego está Donald Trump…, pero eso ya es inclasificable. Su tropa de fervorosos admiradores que aplauden su discurso xenófobo, homófobo, machista y verdulero deja en evidencia a la democracia más antigua del mundo. Si el próximo mes de noviembre ese individuo se convierte en presidente de los EE UU, mi recomendación es que se refugien en el Tíbet o en las Islas Seychelles con la esperanza de que allí no lleguen las consecuencias de sus actos.

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, junto al expresidente Álvaro Uribe, principal partidario del "NO" en el referéndum sobre las FARC. Fuente: elpais.com

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, junto al expresidente Álvaro Uribe, principal partidario del “NO” en el referéndum sobre las FARC. Fuente: elpais.com

Parecía impensable que, en estas circunstancias, América Latina se pudiese convertir en nuestra última esperanza, teniendo en cuenta su inestabilidad reciente. Cuando ya cantábamos victoria, cuando la ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y, sobre todo, el estado colombiano y las FARC estaban de acuerdo en que había que poner fin a una guerra de cincuenta años, los colombianos votan que no les vale. Quizás no entendieron que las soluciones políticas no se imponen por la fuerza, como las soluciones armadas. Esperemos que el Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos no quede en agua de borrajas, porque, de ser así, la principal ilusión de recibir una noticia de cal en el mapamundi habría dado paso a la enésima de arena.

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Mario Pérez

Redactor de opinión y deportes, y colaborador en radio en ElPeriodicum.

CC BY-NC-ND 4.0
Una de arena y otra de arena por Mario Pérez está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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